Claudio Villanueva: “No tengo ninguna ambición más que vivir con lo que necesito”

Claudio Villanueva, Tocaor flamenco chileno

Acaba de regresar a Chile tras residir siete años en Madrid y desarrollar una interesante carrera como guitarrista flamenco. Y aunque su paso por Chile se debe a una razón más bien forzada –por problemas de visado-, Claudio no se queja.

Hoy, como él mismo declara, está centrado en vivir el presente sin ansias triunfalistas, enseñar lo aprendido y terminar la producción de su segundo disco, el que al igual que el primero, refleja el fin de una etapa.

Su abuelo era un aficionado de la guitarra y su padre siempre tuvo afinidad por la música clásica, por lo que no era de extrañar que se sintiera atraído por la música. “Cuando niño me quedaba dormido en los conciertos, y el único que logró captar mi atención fue un guitarrista flamenco en el Montecarmelo”, rememora Claudio Villanueva, quien tres siete años de residencia en España retornó recientemente a Chile.

El flamenco volvería a aparecer en su camino cuando, aún en el colegio, un vecino le regaló un disco de Paco de Lucía. Tenía facilidad para sacar melodías de oído y en la época escolar aprendió algo de guitarra clásica, pero el flamenco le resultaba difícil.

Fue en segundo año de ingeniería en sonido cuando Claudio decidió estudiar flamenco, primero con Andrés Parodi y luego con Jorge Bravo. A partir de ese momento Claudio inició una ascendente carrera la cual le ha permitido compartir escenario con destacados artistas del flamenco.

¿Cómo recuerdas esa época inicial?

Era muy bonito. Jeaninne Albornoz me llamó para trabajar con ella, época en la que estaba Sasoon Levy y el Chico Bravo (Jorge). También estaba Jorge Gómez, Julián (Herreros) y el Chino (Javier Vega) y nos hicimos muy colegas. Recuerdo que todos íbamos a ver el Pancho (Francisco Delgado), quien que era el ídolo.
A veces con Julián nos íbamos al “Bella”, estábamos toda la noche cantando en distintos bares porque no había lugares donde tocar.

Con él hicimos algo diferente porque siempre nos gustó mucho el cante. En ese tiempo la mayoría de los guitarristas tocaban para conciertos, había algún conocimiento de la técnica, pero no existía tanta diversidad de información ni tampoco cantaores, sólo estaba el Pancho.

Me gustaba mucho el flamenco en general, pero lo que más me llamaba la atención era el cante. Con Julián empezamos a sacar letras y yo siempre iba cogiendo eso pa’ la guitarra. El cante es lo esencial en el flamenco.

En la guitarra me gustaba Paco de Lucía, pero también recuerdo que cuando Sara Baras se presentó en Chile con “Juana La loca”, tocó Marito Montoya, que es de Caño Roto, y allí me di cuenta que eso era una escuela, fue ahí cuando dije “quiero ir a España para aprender eso”.

¿En qué momento de tu vida estabas cuando decides viajar a Madrid?

Tenía 25 años, había terminado mi carrera y me proyectaba en lo personal, pero un día Jorge Bravo me recomendó viajar. Mi madre me apoyó y me fui por tres meses para ver los visados y ver qué podía hacer.
Escogí Madrid porque me parecía una ciudad más cosmopolita y abierta a los extranjeros. Después me fui a Sevilla y me di cuenta lo diferente que era todo allá, pero ya había vivido en Madrid y me quedé.

¿Cómo se produjo tu proceso de aprendizaje y quiénes fueron tus maestros?
En Chile la técnica de la guitarra flamenca no estaba tan definida como en España, donde hay escuelas con métodos establecidos, lo cual es bueno, pero también tiene aspectos negativos.
Cuando llegué a España había cosas que no podía entender, que no las podía hacer y tuve que cambiar la técnica.
Empecé estudiando con Aquilino Jiménez “El Entri” y con eso pude obtener un visado de estudiante, después tuve clases con José Jiménez “El Viejín” y luego, con Enrique Vargas. También tomé cursos con Manolo Sanlúcar y Manuel Fernández Molina “Parrilla de Jerez”.
En esa época había mucha vida flamenca en la noche, entonces era más fácil tener acceso a escuchar y tocar flamenco. Además, existían los “colmaos”, salas donde se contrataba a un guitarrista para que tocara junto a cantaores profesionales y aficionados. Yo iba mucho a estos sitios y trabajé en el Triana y La Soleá. De pronto aparecía Miguel “El Rubio”, Ramón “El Portugués”, “El Funy” o Tomás de Perrate ¡Iban todos!

¿Te costó insertarte en ese segmento?
Cuesta al principio por el acento, los modismos y cosas así. Además, el flamenco es una cosa muy íntima y muchas veces uno no entiende bien la forma de comunicarse. Yo tuve mucha suerte porque conocí a personas muy abiertas. Por ejemplo, podía llegar al Candela (un colmao) a las cuatro de la mañana y compartir con cantaores que, al ver mis ganas de aprender, me cantaban letras. Me trataron muy bien.

¿Alguna vez te sentiste abrumado por estar en otro país?
Afortunadamente no, porque el mismo arte te cobija. Para mí era difícil porque iba solo para todos lados, pero también me encontré con gente que me ayudó mucho. Allá estaba Natalia (García- Huidobro) y Chicoria (Juan Antonio Sánchez), quienes fueron como mi familia. Además, fui con la disposición de aprenderlo todo, de ver y saber cómo funcionaba. Una cosa es el arte y otra los códigos de comunicación de la gente.

¿Cómo fue variando tu técnica en España?
Pasé por tres procesos. Primero con el Entri, quien me salvó la vida “guitarrísticamente” hablando porque tocaba muy fuerte, apretaba mucho y me estaba haciendo daño en las manos. Cuando llegué a España tenía las manos un poco jodidas y él me cambió la técnica. Prácticamente empecé de cero.
Con Enrique Vargas otra vez cambié de técnica y también fue como empezar de cero. Sólo cuando terminé de estudiar con los dos pude buscar mi propia forma, pero siempre poniendo en primer lugar el cuidado de mis manos.
En ese período me di cuenta que uno busca más velocidad o sacar nuevos sonidos, pero lo más importante es tocar toda la vida, no obsesionarse con el rollo de la técnica. A veces es más bonito hacer algo bien flamenco, simple, que lograr movimientos rebuscados. En ocasiones uno se preocupa demasiado de ello y te haces daño.

¿De qué manera se desarrolló tu carrera en Madrid?
Tuve una gran limitante porque nunca aceptaron mis papeles. Yo residía en calidad de estudiante, y de pronto rechazaron mi estadía. Luego solicité el arraigo con un contrato y también lo negaron.
Cuando estás en ese proceso vives en un limbo, porque no estás ni legal ni ilegalmente viviendo en el país, tampoco puedes salir de España y trabajar. En ese sentido me vi perjudicado, porque sólo durante algunos años pude salir y realizar actuaciones con grupos y compañías en países como Bolivia, Brasil, Francia, Italia, Austria, Suiza, Alemania y Japón, además de varias ciudades de España.
En Madrid trabajé en tablaos como Las Carboneras, Casa Patas, Cardamomo, Villa Rosa, Corral de la Pacheca y Las Tablas. Allí te puede llamar un cantaor para hacer una semana en “El Patas” o un mes en Las Tablas, donde el público es principalmente extranjero.
Durante mis años de residencia en España, tuve la posibilidad de tocar y componer en diversas ocasiones para artistas como Belén López, Guadalupe Torres, Manuel Reyes y Karen Lugo. También me presenté en muchos teatros a lo largo del país, como el Español, Albéniz y el Lara, e incluso en el prestigioso concurso de cante de las minas de la Unión.
Adicionalmente, acompañé recitales de cantaores como Loreto de Diego y José Anillo. Y en 2010 fui solicitado como segunda guitarra por Agustín Carbonell “El Bola”, presentándome en su espectáculo “Rojo y Rosa” junto a artistas de la talla de Javier Colina y Enrique Bermúdez “El Piculabe”. Posteriormente colaboré en la grabación del cuarto disco de Agustín, “Rojo y Rosa”.

Al estar en España, evidentemente ganaste en experiencia, pero, ¿sientes que perdiste algo allá?
Todo tiene su lado negativo y positivo. El estar en Chile te da algo más de libertad porque puedes crear algo propio, pero España te da los códigos, las formas en que se hace el flamenco allí, que es distinto. Pero no creo que sea mejor o peor, es diferente. Lo más valioso para mí fue conocer los códigos y aprenderlos allá. No puedes desprenderte de lo que no tienes.

¿Qué cosas aprendiste en ese sentido?
Las dinámicas del tablao. Es fundamental que un bailaor, cantaor o guitarrista sepa cómo funciona porque no se ensaya.
El tablao es la verdad, porque muestras todo lo que sabes. Claro, son cuadros profesionales y las cosas salen bien, pero a veces es sorprendente lo que se puede lograr sin haber ensayado nada.
Me pasó coincidir años con bailaores en tablaos y luego trabajar con ellos en un teatro y hacer cosas totalmente diferentes. En este sentido, el flamenco tiene mucho de la calle, de improvisación, de tomar el momento y plasmarlo, tiene una vinculación con la tierra.

¿En qué consiste esa conexión con la tierra?
El flamenco hace poco tiempo entró a los grandes teatros, desde el principio fue un arte callejero, un grito de desahogo de los marginados de la sociedad, de gitanos, moros y judíos que se quedaron escondidos en España. Ellos, muchas veces se hacían pasar por gitanos, si no, los mataban.
La mayoría vivió en el campo, y esos fueron los orígenes del flamenco. Luego, con el tiempo entraron en la ciudad trayendo consigo este arte. Y en la ciudad todo ha cambiado, pero la memoria se mantiene, sobre todo en las letras antiguas. Por eso, es muy bueno que existan los puristas, porque ellos de alguna manera intentan mantener ese vínculo.
En ese sentido, creo en lo que dijo Manolo Sanlúcar con respecto a que el flamenco guarda en sí un sistema armónico, que por alguna razón, quedó fuera del resumen de los modos gregorianos que acabaron en la escala mayor y menor en los que funciona la mayoría de la música occidental.

¿Cómo fueron tus primeras experiencias improvisando?
Por suerte ya conocía el concepto de los tablaos sin ensayo en Chile porque con Julián lo hacíamos y Natalia también nos transmitió esa idea.
Lo primero que hice en España fue trabajar en una compañía que hacia flamenco y baile español, y como compañía que era, todo era montado. A la par comencé a trabajar en el colmao Triana y allí tuve una primera relación con el cante para improvisar.
Recuerdo que llegaban los cantaores y te tiraban las letras al vuelo y si no las pillabas… ¡pa’ fuera! Y eso era súper importante en los guitarristas: tomar rápidamente las letras y acompañar el cante. Para eso estudiaba harto e investigaba mucho porque hay algunos cantes más estructurados como, algunas seguiriyas y tangos que tienes que conocer.
Luego de eso me llamaron para trabajar en el Cardamomo y Las Tablas. Allí llegaba sin ensayar, pero tuve suerte porque en Las Tablas había un excelente guitarrista, Juan José Ramos “Pepón”, que me ayudó mucho. En todos los sitios te veían con ganas de aprender y te ayudaban.

Con la inestabilidad que experimentaste en España, ¿cómo comenzaste a proyectar tu carrera?
Viviendo sólo el momento. Estoy preocupado de estudiar y no tengo ninguna ambición más que vivir con lo que necesito.
Cuando me fui tenía una visión y una meta fija, pero la manera en que se van dando las cosas te hace sentido el chiste de que “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
De todas formas preparé un disco, llamado “Agape”, con todo lo que salió dentro de este tiempo. Fue una producción que se dio de forma muy natural donde varios colegas me ayudaron gratuitamente.

¿Qué diferencia tiene este disco con el primero, “A mi Gente”?
Los dos discos son fines de etapas. Y algo singular de ambos es que los temas no son la música que estoy haciendo en ese momento, sino los que tocaba hace un par de años. Y bueno, yo creo que se nota el cambio de haber estado en España y cambiar la técnica.

¿Cómo ha sido el reencuentro con Chile?
Además de lo personal y familiar, después de cuatro años sin poner pie en casa, y luego de algunas semanas que llevo aquí, ha sido una experiencia muy bonita de ver cómo se está desarrollando el flamenco aquí, ver tanta gente nueva y tantas ganas.
Por otra parte, el participar en “Raíces y Alas” fue un reencuentro con mis grandes colegas y artistas que admiro mucho, con los que me crié en un principio… junto con el gusto de trabajar con alguien tan seria y profesional como Concha Jareño. Ella es una gran artista y tiene un gustazo tremendo. En En estos momentos estoy enfocado en dar clases y de alguna manera compartir las experiencias que he vivido y aprendido en estos siete años. También espero pronto empezar a dar conciertos y terminar de editar mi nuevo disco, el cual espero tener listo en enero.

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